¿Huyes de Algo?

 

Por Gonzalo Fuentes

 

“¿Qué es más importante? ¿Cuánto puedes llegar a hacer? ¿O cuánto puedes llegar a ser?”

Anónimo

 

Vivimos en una sociedad que a veces parece que es una huida al placer, o hacia la necesidad constante de satisfacciones inmediatas. Y por lo tanto una huida del dolor, que parece que está siempre acechando a la vuelta de la esquina. Tenemos miedo a sufrir (lo cual no parece muy descabellado, ¿verdad?, ¿quién quiere sufrir?).

 

El problema es que el placer que encontramos en esta huida hacia delante tampoco es “tan placentero”. Ni es una sociedad “tan placentera”. Hay montones de problemas por todas partes y en todas las áreas, y estoy seguro que más de uno compartís conmigo esa sensación de que en cualquier momento todo podría explotar. Así que son un placer y una comodidad muy pero que muy relativas.

 

El verdadero placer, el más auténtico y gozoso, nace de tu interior. De lo más profundo de tu ser. No es la respuesta a un estímulo externo. O, para ser más exactos, según el estado en el que te encuentres internamente, recibirás y percibirás las cosas del exterior de distintas maneras. Esto que parece un topicazo sacado de las enseñanzas de Buda es algo real, tangible. Pero para llegar a esos nuevos placeres, a esas capas más profundas con capacidad de aun mayor disfrute y conexión, hay que atravesar otras capas, las del otro polo. Las del dolor.

 

Todos tenemos miedo a sufrir. Y nadie va a buscar conscientemente el sufrimiento en su vida. Aunque curiosamente la gran mayoría de nosotros sí que lo busca inconscientemente. Pero a la vez, y liando más la madeja, estamos huyendo de él. ¿Bonita perogrullada verdad?

 

En fin, ¿de qué huimos en realidad?

 

La Huida

 

Dentro de nosotros hay una herida y muchas heriditas. De las cuales en la mayoría de los casos no somos muy conscientes. Están muy profundamente enterradas. Porque llevamos mucho tiempo huyendo de ellas. Son las heridas de nuestro niño interior. Del niño al que se censuró, al que se despreció, del que se abusó física y emocionalmente (o ambas), o no se le dio todo el amor incondicional que necesitaba. Un niño que no comprendió la agresión ni la carencia. Pero que la recibió y aprendió la manera de seguir adelante recibiendo el menor número de agresiones posibles. Para así evitar ese dolor. Aunque pagando un alto precio. Su propia autenticidad. Su ser más creativo, afectivo, talentoso y con mayor capacidad de disfrute. Había que hacer algunos sacrificios, para encajar en una familia, en una sociedad y amoldarse a sus exigencias con tal de no sufrir más. Empezó la huida.

 

Yo no sé cuál será tu caso, pero puede que te estés diciendo, “¡Yo no sufrí agresiones de pequeño! ¡Mis padres me querían!”. La mayoría de los padres quieren mucho a sus hijos. Incluso a veces, más que a ellos mismos. Pero créeme, tus padres tendrían que estar muy “iluminados” para no haberte agredido de alguna manera. Lo que sucede es que lo que quizás tú entiendas ahora como una agresión, no es lo mismo que lo que recibe un niño. Un niño está completamente abierto, poroso, es pura receptividad. Y las heridas no sanadas de los padres y tutores se proyectan hasta en los más mínimos gestos y actitudes hacia los hijos. Unas veces son más evidentes y otras menos. Pero la agresión sucede, el niño la recibe, y normalmente acaba creyendo que hay algo mal en él. Sacrificando su propia autenticidad.

 

Ese es el origen de la huida del sufrimiento. Un sufrimiento más profundo y originario. Porque la vida en realidad no quiere que sufras. Quiere que sanes. Que sanes esas heridas profundas.

 

¿No tienes la sensación de que a veces se repiten en tu vida las mismas cosas una y otra vez, bajo distintas formas y caras, pero en el fondo late el mismo patrón una y otra vez? En el trabajo, en las amistades, en las relaciones de pareja, con el dinero,… ¿Por qué es posible que suceda así? ¿Estás condenado y maldito?

 

Tu Yo Superior

 

Ahora quiero que te imagines una manera de entender esta situación. Imagina que estás rodeado por una esfera. (Simplemente usa tu imaginación.) Algo así como una esfera de energía. Que rodea todo tu cuerpo y se extiende uno o varios metros a tu alrededor. Imagina que esa esfera es tu conciencia superior. O tu ser más profundo (que en este caso te rodea). La parte más sabia de quién eres. De entre todo lo que tú eres (tus rasgos de personalidad, emociones, pensamientos, actitudes, creencias,…) ésta, ésta esfera, es tu ser más puro. El que quiere lo mejor para ti. Sin ambivalencias. Te ama y adora profundamente.

 

Ahora imagina que esta esfera de amor toma decisiones. Toma decisiones de las que ni siquiera tú eres consciente. Pero que te atañen. Imagina que con sus decisiones está buscando activamente situaciones y encuentros. Y quizás muchas de esas situaciones y encuentros a ti, a tu otra parte, no le agraden demasiado. Pero recuerda que la esfera es tu lado más auténtico, más puro y sabio.

 

Y, ¿por qué no te gustan dichas situaciones o encuentros? ¿Por qué iba tu ser más puro, el que más te quiere, buscar para ti algo que no quieres? Qué graciosillo, ¿no? Bueno, precisamente porque sabe que dichas situaciones están conectadas de alguna manera con tus heridas. Porque sabe que ahí está la llave. No quiere hacerte daño, ni castigarte. Quiere que sanes. Que te liberes. Pero al estar conectadas con tus heridas pasa lo que pasa. Revolotear y toquetear por una herida duele. Se sufre.

 

No tengo espacio en un artículo a hablar de todo lo que puede haber relacionado con esas heridas y situaciones. Puede ser que se negara una parte de ti, que quisieran que fueras distinta a como eras, que se censurara un comportamiento o una emoción, que no se te dejara suficiente libertad, que te trataran como a una propiedad, que cortaran de raiz talentos innatos, que no te cuidaran lo suficiente, que te controlaran demasiado, que no te permitieran ser vulnerable, o que no te permitieran expresar tu rabia. Quizás no te permitieran ser independiente y apañártelas por ti mismo. Quizás te hicieran entender el amor como una posesión. Que no te permitieran llamar la atención o que no te dieran la atención suficiente. Hay muchos tipos de heridas. Pero creo que hay cosas en común en ellas. Algo reprimido. Algo inconsciente. Algo doloroso. Y una pérdida de tu autenticidad.

 

Las repito:

 

Algo reprimido. Algo inconsciente. Algo doloroso. Y una pérdida de tu autenticidad.

 

La Oportunidad

 

¿Quién no quiere ser más uno mismo? ¿Quién no quiere vivir más plenamente?

 

He utilizado la imagen de la esfera para que pudieras ampliar y adoptar una nueva perspectiva de las cosas. Esta esfera, esta parte de ti que sólo quiere LO MEJOR para ti, está ofreciéndote oportunidades una y otra vez para sanar. En distintos aspectos de tu vida. Y es posible, que tú, sin darte cuenta, estés huyendo de esas oportunidades una y otra vez. Por miedo a sufrir.

 

Yo tengo tanto miedo a sufrir como tú. Pero creo que cada vez logro huir menos del sufrimiento. No en el sentido de ser adicto a emociones dolorosas que no llevan a ninguna parte, que eso también lo he conocido. Sino que cada vez que se presenta el sufrimiento, y este no suele avisar, por muy pequeñito o grande que sea, no salgo corriendo. O no lucho conscientemente contra él (inconscientemente aun sí). Porque ahora sé que algo bueno se está destapando ahí. Que después de pasar por ello me sentiré un poquito (o un muchito) más libre. Sé que no es gratuito y que no me tiene que llevar a una situación peor que en la que estaba. Sino todo lo contrario. Mi “esferita” es muy sabia y me está dando precisamente lo que necesito.

 

Cómo Dejar de Huir

 

No soy psicólogo. No soy psiquiatra. Ni siquiera soy un terapeuta. Comparto contigo nuevos “mapas” y estrategias para que vivamos más felices y comamos perdices. Hoy me he metido en un tema delicado. Pero no quiero dejar de aportar como en casi todos mis artículos, una parte más práctica. Así que veamos algunos pasos que podemos dar para dejar de huir, sanar, y ser más completos.

 

1. Observa tus huidas. La mayoría de nosotros hacemos cosas para distraernos. Un montón a lo largo del día. Pero distraernos en el sentido de huir de nuestras heridas. Adicciones, ver la tele, no parar de sociabilizarnos, aislarnos, comer mal y sin hambre, no parar quietos, no parar de hablar, vivir para trabajar, escuchar mucha música y nunca el silencio, etc, etc. Las cosas no son malas en sí mismas. Pero el uso reiterativo suele ser una huida encubierta. Puede ser tan huida salir a correr como emborracharse. Empieza a observar cuando haces estas cosas, si no hay algo justo detrás que lo activa. A veces no es nada fácil de ver pero ahí está. Quizás una emoción, un pensamiento, una sensación de vacío,… Obsérvalo.

 

2. Acepta tus huidas. Tienes todo el derecho del mundo a huir de tus sufrimientos. Cuando te veas haciéndolo, acepta que lo haces. Pero con consciencia. La consciencia es sanadora. Dale su tiempo. (Si te pierdes un poco con la palabra “consciencia” puedes pensar en esto: observa lo que haces mientras lo haces. La sucesión de acontecimientos, pero sobre todo de pensamientos, emociones, sensaciones, etc, “mientras lo haces”.)

 

3. Pide comprensión. ¿Qué puede haber detrás de un tipo de relación que se repite? ¿O de una situación? Quizás tengas que poner un límite. O mostrarte más vulnerable. O expresar una emoción. Sea lo que sea, no cabe duda de que hay una lección en ello, y algo dentro de ti a lo que quiere que lleves más consciencia. Pide al universo, a Dios, a tu angel de la guarda, a la vida, a tu “esferita”, o a quien más te venga en gana, mayor consciencia y comprensión. A mí me sirve, ¿por qué no te iba a servir a ti? Las respuestas llegan.

 

4. Sigue tu instinto. Hay una parte de ti que no racionaliza las cosas. No necesita una justificación mental para todo lo que hace. A veces se la escucha con mayor claridad que otras. Pero suele nacer del vientre. De alguna manera lo sientes. Pero no siempre la haces caso. Piensa que este instinto está conectado a la esfera de la que hablamos antes. Sabe lo que se trae entre manos. Síguelo. Como mucho te puedes equivocar. No pasa nada.

 

5. No son los demás.  Eres tú. Todo parte de la relación que tienes contigo mismo. Los padres que te agredieron ya no son los que tienes delante. Son los que llevas dentro. Lo mismo pasa con la gente con la que te encuentras. Ellos son la manifestación, pero lo que nos importa aquí es lo que hay dentro de ti. Por ejemplo, si una pareja te deja, no es esa persona la responsable de toda la mierda que sale después. Ni siquiera tiene que ver con ella. Tiene que ver contigo. Con tus heridas abiertas. Es ahí donde tienes que llevar tu atención y consciencia. Si alguien te hace sentir mal quizás le tengas que poner un límite, o mostrar tu vulnerabilidad, pero esto tiene que ver con la relación de respeto y amor que tienes contigo mismo. En los demás proyectas, y son una gran pista, pero tú eres el camino. Tú decides como quieres tratarte a ti mismo, y por ende así te tratarán los demás.

 

6. Entra en las emociones. Las emociones no matan. Permite que sucedan y se desarrollen si así tiene que ser. Sobrevivirás. Por muy dolorosas que sean o muy poco acostumbrado que estés a ellas. ¿Ira? ¿Llanto? ¿Dolor? ¿Rabia? ¿Alegría? ¿Entusiasmo? ¿Verguenza? Atraviésalas. Vívelas. Al fin y al cabo, ¿para qué has venido a este planeta? ¿A pasar de puntillas? Que un día te derrumbes desconsoladamente no significa que seas menos fuerte ni que se acabe el mundo. Al revés, quizás al día siguiente estés más renovado. Si un día te enfadas “más de la cuenta” quizás te sientas culpable, o quizás te des cuenta que hasta entonces no te estabas respetando lo suficiente y no ponías límites a las invasiones ajenas. Todo se encauzará. Confía. Por sentir “un poco” no te pasará nada. Quizás descubras que en tu interior hay mucha más riqueza de la que jamás imaginaste posible. (Obsérvalas también físicamente. ¿En qué parte de tu cuerpo las sientes? ¿Se mueven cuando llevas tu atención a ellas? ¿Sientes más calor o presión en una parte del cuerpo concreta? ¿Qué sientes y dónde?)

 

7. Reconoce a tu niño interior. Tienes dos niños dentro de ti. El que quiere jugar y disfrutar de la vida, y el asustado, dolido y conmocionado. Reconocer a ambos es esencial. Uno para disfrutar más. Otro para ser sanado. Este último puede ser activado en cualquier momento y casi sin darte cuenta. Lo puedes reconocer cuando te invade un enorme sentimiento de vergüenza, que te sientes pequeño o “menos”. También cuando entras en “shock”. Es decir, cuando sin venir a cuento te das cuenta que no puedes pensar con claridad, o saber lo que quieres, te bloqueas de alguna manera internamente. También es reconocible cuando te sientes abandonado o poco tenido en cuenta. O con una sensación de vacío. Y también cuando te resignas a tu soledad. Reconócelo. Sé consciente que es tu niño dolido y aterrado el que se ha reactivado una vez más. Obsérvalo. Relee el punto 6.

 

8. No huir del dolor no significa convertirse en víctima. No estoy hablando aquí de convertirnos en seres invalidos e incapaces que mendigan que les saquen de su pozo de sufrimiento (perdón por la intensidad jaja). Todo lo contrario, estoy hablando de conocernos más, para sanar lo que haya que sanar, y nos desenvolvamos con más fuerza y luz en este mundo. Cuanto más completos y reintegrados mejor. Puedes pedir ayuda. Y en más de una ocasión será necesario. Y eso te hará aun más fuerte. Pero tu camino lo andarás tú.

 

9. Medita. Cómo no. Lo tenía que decir. La meditación ayuda a que puedas observar con más facilidad tus pensamientos y tus emociones. A que haya más “espacio” interior mientras suceden las cosas. Es una gran práctica.

 

En fin, ¿huimos del dolor? ¿Es lógico y sano huir de él? Creo que cada uno tiene su propia respuesta. No creo que haya que buscarlo ni mucho menos. Pero cuando la vida nos trae algo que es más doloroso, más incómodo, más temido, es bueno abrirse y aprender de ello. Porque quizás nos esté mandando un mensaje de “quiero que SEAS MÁS en esta vida”.

 

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One response to “¿Huyes de Algo?”

  1. Mónica says:

    Hola, estaba buscando soluciones o respuestas a mis tantas preguntas, me he sentido muchas veces con la sensación de huir, he huido al extranjero, he vuelto y he vuelto a huir a otra parte, como si siempre huyese de algo y leyendo este articulo me he sentido muy identificada, de pequeña no he tenido amor por parte de mis padres, recuerdo una infancia llena de muchas carencias, en el colegio me he sentido siempre un bicho raro, despues de 20 años, soy incapaz de leer mi diario personal, porque esta lleno de tristeza… Pienso qie ningún niño deberia pasar por cosas por las que pase, porque sin darte cuenta, a los 30, brotan las heridas y no entiendes que te pasa, solo sientes miedo a todo y te excluyes en tus pensamientos. Gracias por este articulo. A día de hoy, sigo buscando la solución para poder dejar esas heridas atras, pero esta claro, que si tengo un hijo, lo voy a educar de la mejor manera para que nunca tenga complejos e inseguridades, la vida es una lucha constante y ahora me siento mas fuerte 🙂

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