Juicio al Juez (Conversación con el juez interno)

 

Por Gonzalo Fuentes

 

–          Bienvenido, señor juez.

 

–          Gracias.

 

–          ¿Estás dispuesto para esta conversación?

 

–          No parezco tener mucha alternativa.

 

–          No te veo muy cómodo.

 

–          No entiendo esto muy bien. Escribir sobre esta conversación.

 

–          ¿Extraño?

 

–          No sólo extraño. Un tanto ridículo. Y posiblemente muy poco práctico.

 

–          Bueno, puede ser sólo falta de costumbre. Yo también me siento un pelín extraño. Pero en cuanto a lo demás que comentas pronto verás que algunas cosas van a cambiar entre nosotros dos.

 

–          Sorpréndeme.

 

–          Estoy pensando en cómo empezar…

 

–          Pues a ver si se te ocurre algo. Ya que estamos haciendo “esto”, será mejor aprovechar el tiempo.

 

– Tan simpático como siempre. Vayamos al grano. De acuerdo, me gustaría saber si te sientes bien haciendo lo que haces.

 

–          ¿A qué parte de todo lo que hago te refieres?

 

–          Bueno, eres un juez. Mi juez interno. A juzgar todo lo que hago. A cuestionarlo. A ponerlo en duda.

 

–          Ese es mi trabajo, ¿no?

 

–          Ya. Pero la cuestión es si quizás no sería mejor vivir sin necesidad de tanto cuestionamiento.

 

–          ¿Quieres decir actuar sin juicio alguno?

 

–          A veces puedes ser una gran carga.

 

–          Ya, pero alguien tendrá que poner orden aquí. Alguien tendrá que poner un poco de discernimiento. Y ese es mi trabajo.

 

–          Juzgar mis actos.

 

–          Exacto.

 

–          ¿Con qué fin?

 

–          Evitarte disgustos.

 

–          ¿Disgustos de qué tipo?

 

–          Acciones de las que más tarde te arrepientas. Deberías sentirte agradecido.

 

–          Mmm… Ya lo estás haciendo otra vez… Está bien. Centrémonos en la parte del castigo.

 

–          ¿Qué castigo?

 

–          Decir que lo estoy haciendo mal. Castigarme por mis decisiones, mis actos, mis pensamientos…

 

–          ¿De qué serviría el juicio si no hay un castigo?

 

–          Interesante pregunta… ¿Tiene que haber un castigo? Quiero decir, si tú valoras mis decisiones y mis actos, y me avisas de las posibles consecuencias desagradables, ¿es necesario que haya un castigo?

 

–          ¿Me estás sugiriendo una nueva forma de actuación?

 

–          Quizás. Puede ser.

 

–          Si yo te digo que algo que haces está mal, pero no te castigo, ¿acaso aprenderás?

 

–          ¿Aprendo ahora?

 

–          De acuerdo. Si no hay castigo, ¿para qué estoy yo?

 

–          Interesante pregunta.

 

–          Vaya… Al menos formulo preguntas interesantes…

 

–          Sí, eso no te lo voy a negar, señor juez.

 

–          ¿Y la respuesta? ¿Qué utilidad tendría mi actuación sin castigo?

 

–          Quizás podrías solo asesorarme. Aconsejarme.

 

–          Ya no sería muy juez en dicho caso…

 

–          Pero podrías recomendarme una línea de actuación. Alentarme a emprender algo a pesar de los riesgos. O podrías sugerirme que haciendo algo determinado podría no favorecerme. Pero no tendría por qué haber ningún tipo de castigo.

 

–          ¿Un simple consultor?

 

–          Una especie de sabio. De maestro. De asesor personal.

 

–          ¿Y si te equivocas tomando decisiones? ¿Y si te equivocas en tu manera de actuar? ¿Qué hago yo si no puedo castigarte?

 

–          ¿No te parece suficiente castigo mi propia equivocación?

 

–          Quizás habría que reforzarla…

 

–          ¿Para qué? ¿Para hundirme? ¿Para regocijarte en mi propia equivocación?

 

–          Para enderezarte.

 

–          Quizás esto no se trate de enderezar a nadie.

 

–          ¿Entonces de qué se trata?

 

–          De tener éxito. De que la aventura de vivir merezca la pena. De disfrutar del camino. De crear algo que merezca la pena.

 

–          De acuerdo. Veamos. Haces algo poco beneficioso para ti. Y yo no tengo que castigarte.

 

–          Exacto. De todas formas, la consideración “poco beneficioso para mí” sería una valoración exclusivamente tuya.

 

–          ¡Yo soy un juez! ¡Soy imparcial!

 

–          No te mosquees. Estamos hablando con juicio. Para poner orden. Como a ti te gusta.

 

–          Si tomo una decisión, si te castigo, lo hago por tu propio bien. Para que tengas ese “éxito” del que hablas. ¿Y así me tratas?

 

–          Lo sé. Lo único que trato de decirte es que algunos procedimientos, creo que no están funcionando bien. Además, no te ofendas, pero también lo haces por el tuyo propio.

 

–          ¿Cómo?!?!?

 

–          Estás acostumbrado a ser juez. Vivir y actuar como juez. Por lo tanto haces las cosas que haces también para justificar tu propia existencia. Si digo que ya no sirve lo que haces, tu existencia sería inútil. Por lo tanto, no sólo actúas por mi propio bien. Sino por simple supervivencia.

 

–          ¿Cómo debería tomarme esto?

 

–          Con tranquilidad, por supuesto. Porque yo no estoy diciendo que tengas que desaparecer. Estoy diciendo que puedes hacerlo mejor. Haciendo cosas distintas.

 

–          …

 

–          ¡Podemos mejorar tu actuación! ¿No te suena de maravilla?

 

–          ¿De simple asesor?

 

–          De maestro y guía.

 

–          Explícate.

 

–          Tú acumulas toda la sabiduría que hay en mí. La catalogas en “bueno” o “malo”. En “blanco” o “negro”. Y si algo de lo que yo hago cae en la saca equivocada, ¡zas! Castigo al canto. Y si algo presientes que va a caer en la casilla errónea, ¡zas! Comienzas a hostigarme.

 

–          Repito, soy un juez.

 

–          Pues vas a tener que ir haciéndote a la idea de que eres mucho más que eso.

 

–          Un maestrillo.

 

–          ¡Y dale! Eres duro de roer, ¿eh? Te estoy ascendiendo. Te estoy poniendo nuevos galones. Subiéndote de grado. De hecho, te estoy llevando a lo más alto.

 

–          ¿Sí?

 

–          ¡Claro! De hecho ahora tendrás más amigos.

 

–          ¿Cómo?

 

–          Nada, es broma.

 

–          De acuerdo, ¿cómo desempeño este nuevo cargo?

 

–          Con compasión.

 

–          ¿Perdón?

 

–          Compasión. Serás mi amigo, no mi juez. No buscarás el error, buscarás mi éxito. Y tendrás el privilegio de tener más perspectiva que yo. Más sabiduría que yo. Obviamente todo eso te lo habré dado yo, pero tú te encargarás de gestionarla… con más compasión.

 

–          No entiendo muy bien ese término.

 

–          Tendrás que ir aprendiéndolo. No es la compasión del diccionario. No es pena hacia mí. Es “pasión” canalizada a mi servicio. Son ganas de que yo salga triunfante. No habrá castigo, habrá reflexión. No te llevarás las manos a la cabeza ante mis ideas, intentarás enriquecerlas.

 

–          Pero ya no podré etiquetar tus acciones. Sin eso estoy perdido.

 

–          No, no lo estás. Y sí, no podrás etiquetarlas.

 

–          No sé si podré hacerlo.

 

–          Yo confío en ti. Como tú empezarás a confiar en mí.

 

–          Entonces, sin etiquetas, ¿cómo lo haré?

 

–          Darás luz. Cuando yo esté mal como consecuencia de algo que haya hecho, estarás a mi lado. Me apoyarás. Me animarás y me dirás que lo hice lo mejor que pude. Y cuando yo esté más animado, tendremos una conversación sobre lo que ha ocurrido. No un juicio. Eso ya es el pasado. Intentaremos comprender lo que ha sucedido. Intentaremos encauzar la corriente. Y ya no me reprenderás, sino que me alentarás. Porque yo seré el encargado de encauzarla. Y eso requiere fuerzas y arrojo. No castigo ni condena.

 

–          No sé si estaré a la altura.

 

–          Lo estarás. ¡Siempre lo has estado! Has sido implacable. Has conseguido juzgarme y castigarme hasta lo indecible, ¿cómo no vas a estar preparado para esta nueva tarea? Eres realmente capaz.

 

–          ¿Lo soy?

 

–          Lo eres. Créeme.

 

–          Gracias.

 

–          Un placer.

 

–          ¿Y cómo te voy a prevenir ante una posible equivocación? Si no puedo castigarte estoy un poco vendido ahí.

 

–          Sí, es curioso que me castigaras incluso antes de esas “posibles equivocaciones”. Ya no hará falta tomar tantas medidas preventivas.

 

–          ¿Pero entonces? No podremos evitar…

 

–          Escúchame. Estate tranquilo. Algunas cosas van a cambiar. Creo que ya te estás haciendo una idea. Una de ellas es el tema de las equivocaciones. Ahora las equivocaciones serán bienvenidas.

 

–          ¿Cómo?!?

 

–          Sí. Escucha. A partir de ahora las equivocaciones no las evitaremos. No serán un problema. Y mucho menos algo que haya que temer. Esto no significa que las andemos buscando. Sino que formarán parte del camino. Y una parte muy importante. Porque aprenderemos mucho de ellas. Nos enriquecerán en vez de perjudicarnos. Nos enseñarán nuevos matices. Nos darán aliento para hacer las cosas aun mejor. ¿Te das cuenta de que incluso puede que nos haga gracia equivocarnos?

 

–          ¿Gracia?

 

–          A partir de ahora no habrá miedo a equivocarse. No me meterás toda la presión a la que me has acostumbrado antes de una decisión o de una acción. A partir de ahora lo llevaremos con gracia. Será más liviano. ¿Que algo sale un poco rana? Bueno, diseccionemos a la rana. ¿Crees que podrás hacerlo?

 

–          No sé si tengo elección. Ahora pareces mandar tú.

 

– Llámalo colaboración. Y sí es verdad que en esa colaboración yo tendré mucho más protagonismo. Porque al fin y al cabo, ¿quién sufre las consecuencias? ¿Quién de los dos se tiene que responsabilizar y dar la cara?

 
 

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3 responses to “Juicio al Juez (Conversación con el juez interno)”

  1. Martha Gabriela de la Vega says:

    ME GUSTA MUCHO LA FORMA EN QUE ESCRIBE ….PARECE TAN FÁCIL…PERO REQUIERE DE MUCHA INTELIGENCIA Y LO FLICITO

  2. Me encantó esta conversación con nuestro ser interno. Muy útil….siempre será una incógnita para mi. Porque creo en verdad es no solo necesario sino imprescindible el que tengamos un juez interno.

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