Qué es imposible (y cómo hacer llegar 3 canciones a Bunbury) – 2ª Parte

 

Por Gonzalo Fuentes

 
 (Nota del autor: Este artículo es la segunda parte de “Qué es imposible (y cómo hacer llegar 3 canciones a Bunbury)”. Léelo primero si quieres saber de qué narices estoy hablando.)

 

Entrenar el músculo de lo imposible es aplicable a muchos otros aspectos: aprender una habilidad nueva (un idioma, un instrumento, cocinar, …), realizar un viaje largamente soñado, o incluso, la salud. A veces parece que simplemente por el hecho de hacernos adultos se vuelva imposible aprender algo nuevo o incorporar un nuevo hábito a nuestra vida. A mí personalmente si no sigo aprendiendo cosas nuevas la vida me resulta bastante aburrida.
 
Pongamos el ejemplo de la salud. Con apenas veinte años empecé a sufrir de un dolor intenso en la parte baja de mi espalda. Una especie de pinzamiento en el nervio ciático que a veces me recorría toda la pierna. Este se fue volviendo cada vez más cotidiano, hasta que se convirtió en un dolor diario. No fue hasta después de cuatro años soportando el dolor (otra manía humana) que me hicieron las pruebas necesarias para averiguar que era una hernia discal. Quinta vértebra desde abajo girada, movida, descolocada, o como quieras llamarlo. El tratamiento que me propuso el traumatólogo fue hacer natación (llevaba un año practicándola todas las semanas sin ninguna señal de mejoría) y tomar… ¡un antiinflamatorio y un ansiolítico durante una semana! “De momento no es necesario operar”, dijo. Yo, que no quería que me operaran ni hacer el ridículo durante una semana, busqué otro tipo de ayuda. Una buena amiga me recomendó un naturópata que la estaba tratando con procedimientos más holísticos. Ajustes en la dieta, acupuntura, homeopatía, y otra serie de historias que desconozco. Me puse en sus manos. Por lo menos sentía que estaba haciendo algo con mi problema.
 
Cuando llevas cuatro años con un dolor constante, y otros tres más aproximados que me duró, se te empieza a olvidar cómo es estar sin él y te cuesta creer que vaya a desaparecer alguna vez. Bien, pues lo hizo. En este caso, éste médico de verdad me enseñó a curarme yo mismo. (Esto último es un poco difícil de explicar y se sale del tema que tenemos entre manos). Aunque sea mucho más fácil hablar de ello ahora que es agua pasada, te puedo asegurar que cada vez que intentaba verme a mismo curado me era imposible creérmelo. Aun así decidí instalarme en la idea de que lo iba a lograr, incluso aunque no me lo creyera para nada.
 
Entrené el músculo de lo imposible. Tanto, que si ahora tengo algún problema físico u otra persona de mi entorno lo tiene (que no tiene porqué ocurrir…), me cuesta mucho creer que no haya una cura o solución. Es como si se hubiera invertido la ecuación. De “no creerlo posible” a “imposible no creerlo posible”. Ojo, con esto no quiero decir que vaya a ser así, somos seres finitos. Estoy hablando de creencias y de lo que estas pueden cambiar nuestras vidas y posibilidades.
 
(Otro aspecto importante a destacar aquí es que no te tienes que obsesionar con una única estrategia de acción. Dales el tiempo que tú estimes necesario, pero si no hay resultados, búscate otra. Como ya se ha dicho mil veces: no esperes resultados distintos haciendo siempre lo mismo; es de locos.)
 
Y ahora, cómo lo prometido es deuda, viajemos al mundo de la música.

 

La historia de las canciones para Bunbury

 

Hace poco más de un año, decidí embarcarme en una de estas ideas locas e imposibles. Tenía un puñado de canciones compuestas pero no me veía con ganas de moverme yo como artista. Por otro lado, me daba mucha pena que algunas de estas canciones quedaran en el olvido. Así que empecé a darle vueltas al asunto. Y fue cuando surgió la idea. Debido a mi admiración por Bunbury y su obra (jeje, habrá algunos anti-fans retorciéndose en sus asientos), reconocía una influencia notable de él en mis canciones. Había un tema en concreto que pensé que le podría encajar perfectamente. Así que pensé, ¿por qué no grabo esta canción de manera más decente y se la hago llegar de algún modo? De hecho, ¿por qué no grabo varias y así hay más posibilidades de que se interese por alguna? Ni idea de cómo se las iba a hacer llegar, ni idea de cómo se las iba a grabar sin apenas un duro en mi bolsillo. Sólo tenía las canciones y la idea descabellada.
 
Tras moverme entre inseguridades, faltas de fe y miedos, tomé la decisión. ¿Qué puedo perder? Nada. ¿Qué puedo ganar? Mucho. Un artista al que admiro desde los 16 años interpretando una canción mía en un disco o en un escenario. (A esto he de añadir que creía en las canciones, si no, el pudor habría podido con todo lo demás.)  Así que una vez tomada la decisión puse en marcha mi sofisticada metodología de trabajo: dividir el proceso en partes para que no me abrumara y empezar a dar pasos.
 
Primer paso: encontrar a alguien que me ayudara a grabarlas gratis. Unos años antes había jugado a grabar algunas de mis canciones con un buen amigo mío. De modo que le comenté la idea y él como buen amigo aceptó. Pero yo le notaba que estaba con bastante poco tiempo para ayudarme y no quería presionarle. Así se presentó el primero de los obstáculos en esta aventura: la inacción. Si él no me decía que no podía por consideración, y yo no le presionaba también por consideración, era de considerar que no íbamos a ninguna parte. Pero era tan cómodo…
 
Entonces recordé que el músculo de lo imposible se atrofia si no se usa y decidí no dejar la idea en el desván de las causas perdidas. Y empecé a poner en práctica algo que me ha ayudado ENORMEMENTE durante todo este proceso: contarle mi idea al mayor número de personas posibles. De esta manera, me encontré hablando con David, un compañero del trabajo, de lo que tenía entre manos. Su respuesta espontánea fue: “yo si quieres te ayudo a grabarlas. Tengo un mini estudio en casa e instrumentos”. Bendito sea. Acepté.
 
El periodo de grabación empezó siendo frustrante y desconcertante. Problemas técnicos de origen desconocido, la guitarra con la que vamos a grabar se rompe y no disponemos de dinero para arreglarla, viajes de un lado a otro cargados y sin resultados,… Todo eso con el hándicap del tiempo: otros compromisos, horarios que se cruzan, etc. Hubo personas que me comentaron que escuchara las señales, que quizás mi camino no iba por ahí (¡un besazo desde aquí! 😉 ). Pero yo tiendo a ser testarudo y a esto respondía: “bueno, todo depende de cómo interprete las señales. Quizás me estén probando.”
 
El caso, es que gracias a nuestra insistencia y a la inmensa diligencia de David, grabamos las canciones. Y el resultado fue mucho más que grato. David había conseguido sintonizar con mis ideas y las pudo materializar más de lo que yo pensaba que era posible con los medios que teníamos.
 
Una vez registradas, se me abría otro camino por delante, y esta vez, al menos de primeras, en solitario. Hacer llegar las canciones al lejano Bunbury, residente en Los Angeles, y asegurarme que las escuchara. Ejem… De nuevo a dar pasitos.
 
Al principio las cosas fueron más fluidas que en la primera parte del proceso. Siguiendo el principio de cuéntaselo a todo el mundo, una amiga me dijo que quizás un amigo suyo, miembro de una famosa banda de música, me podría echar un cable. Y bien que lo hizo. Me consiguió el correo electrónico del manager de Enrique, Nacho Royo. El simple hecho de haber conseguido esto me impresionaba y me acongojaba. Pero era una gran noticia y había que seguir adelante. Así que tras darle algunas vueltas, le envié las canciones en un correo y le conté todo. Pasó una semana, dos, no hubo respuesta. Claro, en estos momentos te tienes que enfrentar a tus inseguridades, y sobre todo conservar la mente fría. Ha podido ir a su bandeja de correo no deseado, ha podido no abrirlo porque no me conoce, puede estar muy ocupado, simplemente no le gustan las canciones y no me quiere responder,… Infinitas opciones. Así que decido aplicar algo que aprendí en mi corta carrera de comercial: sé un poco más pesado de lo que te gustaría. De modo que volví a escribirle, creo que una o dos veces más. No hubo respuesta.
 
Pero como no pretendía rendirme a estas alturas, intenté hacérselas llegar por medio de otras personas que le conocen (que a mí no), utilizando webs y redes  sociales. Una vez más, el vacío al otro lado. Ya sin saber qué más hacer, dejé reposar el asunto. Transcurrieron un par de meses. Hasta que una mañana, tras reconocer mi frustración, se me ocurre utilizar el primer recurso que pensé en los inicios y que, por obvio, había descartado y olvidado por completo. Enviarlo a la dirección que aparecía en su página web (mmm, qué listo). A los cinco minutos obtuve respuesta de alguien cercano a él: “se las haremos llegar”. Por fin.
 
Pero aquí no acaba la cosa, y sé que esto se está haciendo eterno, así que resumo. No más noticias, emails sin contestar de nuevo, estancamiento absoluto, abandono,… Hasta que un día se me ocurre que puedo hacerle un video a una de las canciones y suplicar a la inmensa masa crítica de las redes que me ayuden, que lo compartan con la esperanza de que le lleguen. Hago el video, y en medio del proceso de ir preparando a mis allegados, María, la mujer de mi amigo Pablo, me dice que no tenía ni idea que había estado trabajando en esto y que conoce a alguien que le conoce o que tiene contacto con gente cercana a él. Un nuevo giro a disponer. Interrumpo la idea del video viral. Me pongo en contacto con esta persona, le envío el material y en menos de un par de semanas, el manager de Bunbury, las escucha. O al menos eso se supone.
 
¿Resultado? …Negativo. Esto sucedió el pasado mes de enero. Te puedes imaginar cómo me sentí. Pero ahora estamos aquí, con tres canciones grabadas y un video, una historia que contar, con nuevos amigos, y el músculo de lo imposible bien trabajado.
 
Ha llegado el momento de hacer públicas la canciones. Aún me queda la duda de que el propio Bunbury las haya escuchado, y aquí es donde entras tú en acción. Si quieres y te apetece, por supuesto. He decidido retomar la idea del video viral.

 

¡ESTE ES EL ENLACE PARA VER EL VIDEO Y ESCUCHAR LAS CANCIONES!

 

(En el artículo de hoy me vendría mejor que nunca que dejases un comentario, pero si es posible mejor aquí, en la página de YouTube.)

 

Te doy el permiso de disfrutarlas, compartirlas, reproducirlas, comentarlas y moverlas cuanto te entre en gana. 🙂 Yo estoy un pelín más cansado y por supuesto, sin tantas esperanzas como antes. Pero si aun cabe la posibilidad de que no las haya escuchado, teniendo en cuenta que ese era el único y singular objetivo planteado desde un principio, aun quedan cosas por hacer. Que le gusten o no es obvio que está fuera de mi radio de acción.

 

Si quieres ayudarme, ¡GRACIAS! Y si no, ¡gracias también por haber leído hasta aquí!

 

(El Día Después y Agradecimientos: Como podrás ver el título de la canción del video tiene mucho que ver con el nombre de este blog, ¡y es que tienen mucho en común! Quiero aprovechar para agradecer a David Ruiz por su ayuda incondicional y su talento. ¡Puedes escuchar y seguir a su banda Dulce Adicción aquí ! Su música está tan cargada de Energía y Amor como ellos. También a mi hermano Luis Fuentes, por ayudarme con la edición del video. Y a todos los que me han echado una mano y apoyado en este camino. GRACIAS.)

 

¡No olvides meterte en la página de YouTube y dejar tu comentario aunque sea una palabrilla!
 

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4 responses to “Qué es imposible (y cómo hacer llegar 3 canciones a Bunbury) – 2ª Parte”

  1. Alfvareick says:

    😉 Enhorabuena por los múltiples partos… están saliendo todos fenomenal! Tus hijos van fenomenal!

  2. maria says:

    Me encanta como ejercitas el musculo de lo imposible, que compartas y nos enseñes como hacerlo que no te des por vencido nunca y sobretodo que no hagas caso a los malos consejos que te dan buenos amigos como yo!!
    He compartido tu canción en facebook y en gurpos de facebook que tengo se que te escucharan aunque no se si se tendrán de amigo a bumbury, but you never know.. NADA ES IMPOSIBLE!!muuuaaaa
    Deseando el siguiente post

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